---------- La Era de Satué: Cañón de Añisclo (Ordesa)

Cañón de Añisclo (Ordesa)




Cañón de Añisclo, que taladró en la roca de las montañas, como a escoplo y cincel, el violento rio Bellós. Más que valle, hendidura entre montañas, callejón angosto por donde busca su salida el río, en desigual e impresionante competencia con las murallas rocosas que le cierran el paso. Inmensa grieta, surco zigzagueante trazado más allá de los tiempos, rincón laberíntico de roca, bosque y agua.
 
Desde su amplia cabecera, desnuda de vegetación, por encima de los dos mil metros de altura, el río Bellós se precipita, en un apreciable nivel y rápido descenso, para embestir con fuerza las masas calcáreas. Nacido de las surgencias del macizo de las Tres Sorores, sobre sus veinte kilómetros de recorrido ha labrado su majestuoso e incomparable cañón, de orientación Norte/Sudeste, en un lucha secular y titánica.

 Su formación es el resultado de un sistema de fracturas radiales que parten del vértice de Monte Perdido. Sus quebraduras, sus superficies planas cortadas limpiamente en sus bordes y acantilados, sus ángulos vivos, testimonian la juventud de su estructura. Lapiaces, sumideros, cuevas y surgencias compendian el curioso mundo del subsuelo.

El Desfiladero de las Cambras introduce en el escenario y adelanta la calidad ambiental del espectáculo. Una estrecha cornisa, con el río encajado entre sombríos paredones. Puente de San Urbez, colocado en la estricta vertical del precipicio, sobre dos inverosímiles estribos. La Cueva de Aso, solitaria, junto al antiguo molino. Los paredones de Sestrales y Mondotó hace de pórtico monumental al valle. Hasta la surgencia de la Fon Blanca y su circo glaciar terminal, un largo encantamiento de varias horas de marcha.

Arriba la vertical de las paredes. Fajas, donde el pino negro, en total anarquía, hace equilibrios, desprecia las leyes de la naturaleza y rinde su continua y terrible combate con la piedra y el clima. En medio el bosque, denso y arracimado, que invade cornisas y abandona, a su pesar, la roca a su verticalidad. Abajo el núcleo de frondosas, diverso y singular. Las aguas, oscuras o verdes al compás de la luz, sirviendo de espejo al bosque, estirándose en la pendiente. Silencio de templo. Luz tamizada y las paredes rocosas cercanas. La Ripareta, islote de verdor, propicio al descanso. El desfiladero se reduce a una simple grieta, los Estrechos. Más arriba, el paisaje se ensancha. Lugar apacible. El barranco y la cascada de la Fon Blanca. Grandes verticales. El cañón se convierte en una cuenca glaciar que asciende hacia la gran "U" del Collado de Añisclo.

Desde lo alto, la impresión es extraña y subyugante. Una intensa fracturación cizalla las enormes masas. Una inmensa grieta, tallada en medio de horizontales y suaves pastos. A cada quiebro de la inmensa herida, el espectáculo inigualable del cortado del cañón, la belleza del gran bosque en su conjunto y en cada uno de sus detalles y matices. "Podría servir de templo para el Romanticismo", se ha dicho. Es demasiado salvaje, impensado y paradójico para asociarlo a cualquier disciplina.

Las Tres Sorores como trinidad dominadora. Las Tres Marías haciendo de calco e imitación. En lo alto de Añisclo, un doble reborde y buenas zonas de pastos que recogen en las estivas a pastores y ganado. El altiplano superior está formado por compactas y potentes masas serranas, de discreto desarrollo vertical. Un paisaje grato, bucólico, de suaves laderas y relieves, tan alejado del corte o desgarrón de la garganta que hace pensar en un simple y maravilloso sueño.
(Texto www.ordesa.com)